Crónica Estoica.
Divulgación sobre filosofía estoica y su práctica para el siglo XXI
¿POR QUÉ EL HOMBRE MÁS PODEROSO DEL MUNDO ENVIDIABA A UN VAGABUNDO?
Esta historia es buena, pero buena, buena.
Te cuento.
Vamos al año 336 a.C.
A Corinto.
¿Te sitúas verdad?
336 a.C.
Corinto.
Bien.
Alejandro Magno era el hombre más poderoso del mundo.
No lo consideraban un rey, que lo era, sino una fuerza de la naturaleza que había conquistado todo el mundo que los griegos conocían.
Tampoco era un cacho carne con ojos, sino que tuvo de maestro al mismo Aristóteles, así que era un hombre culto e inteligente.
Sigo.
Alejandro iba por Corinto como si estuviera bañado por la gracia de los dioses, con una armadura que resplandecía la mirada de cualquiera. Su presencia se notaba a kilómetros.
Para que me entiendas, destilaba realeza.
Y se aseguraba de que el resto lo viera así.
Bien.
Pues no se le ocurrió otra cosa que ponerse en frente de un vagabundo que estaba tirado en el suelo medio desnudo.
Ojo, no era cualquier vagabundo.
Era el mismísimo Diógenes de Sinope.
-Soy Alejandro, el gran Rey.
-Y yo soy Diógenes, el perro.
Antes de que Alejandro prosiguiera hablando, se hizo un silencio que pudo parecer toda una eternidad.
-Pídeme lo que quieras y te lo daré.
Quién sabe el propósito de su pregunta. Diógenes era un cínico ortodoxo, un filósofo que llevó la austeridad al extremo para desprenderse de las cosas innecesarias de la sociedad.
Algunos dicen que Alejandro lo hizo para buscar su aprobación.
Otros para resaltar su poder frente al filósofo.
El hombre que ha conquistado ciudades, que tiene cofres llenos de oro persa y ejércitos que tiemblan ante ellos, se detiene frente a un anciano que vive en un barril de barro.
Pero espera.
Lo mejor viene ahora.
Te lo prometo.
Ante la pregunta, Diógenes le dijo:
-Apártate, me tapas el sol.
¡Ostia! Toda una bofetada sin manos. Por favor, en pie, que vamos a darle un aplauso.

El contraste entre el hombre que era dueño del mundo y el que era dueño de sí mismo.
No era una simple respuesta, y analizarla conlleva una profundidad brutal que va más allá del mero rechazo hacia la ostentosidad.
Es el máximo ejemplo de la autarquía.
El rechazo hacia lo que estaba establecido socialmente.
El no dejarse influenciar por la riqueza.
El saber lo que era realmente importante: el poder no reside en la capacidad de doblegar ni disponer de lo que quieres, sino de no necesitarlo.
Diógenes aplicó lo que los sabios llaman Parrhesía.
O lo que tú y yo llamaríamos ‘tener un par de huevos’: decirle la verdad a la cara al poderoso sin que te tiemble el pulso.
Diógenes es el maestro supremo de esto porque no aduló a Alejandro.
Lo trató como a un igual (o incluso como a un estorbo).
Oye.
Tengo un Diario estoico. Es gratis. Y lo comparto contigo.
Diógenes no daba conferencias, vivía su filosofía. Su «acción» era su ejemplo.
Mañana, cuando abras tu Diario Estoico, no leas las palabras como teoría muerta. Imagina que Diógenes está detrás de ti, señalando ese problema que te quita el sueño y preguntándote: ‘¿Vas a dejar que esto te tape el sol?’
Para los que lo hayan pillado, rellena el formulario y consíguelo:

Deja una respuesta