Crónica Estoica.

Divulgación sobre filosofía estoica y su práctica para el siglo XXI

LO QUE UN PÁJARO ENSEÑÓ SOBRE EL DUELO A MI VECINO

Hace poco a mi vecino se le murió su pájaro.

Lo supimos por su mujer, que estaba entristecida por la situación.

Pero como se suele decir: es ley de vida.

El caso es que es a mi vecino, al que llamaremos Juan (ya sabes, por el anonimato y todo eso), le estaba costando un poco superarlo.

No quería tirar la jaula que tantos años estuvo limpiando y llenando de cuidados.

Tampoco quería enterrarlo en la tierra, sino en una bolsa de plástico en un jardín para que los bichos no se lo comieran.

Por las noches, según su mujer, no dejaba de decir «pobrecito»…

Y así durante un tiempo.

Mira.

Te hablo del pájaro como puedo hablarte de un ser humano.

La muerte de alguien nos sumerge en un dolor que oprime.

Para los estoicos ese dolor es más que necesario sentirlo y darle su espacio, pues negarlo o retenerlo es más enfermizo que la enfermedad en sí misma.

Si no nos enfrentamos al dolor, el dolor se alimentará de nosotros.

No se puede evitar que una madre llore por su hijo muerto en la guerra.

O la pérdida de un padre.

O de un buen amigo.

Bien.

No existe un tiempo claro sobre el proceso de duelo.

Yo pienso que cada persona tiene su ritmo.

Y ese ritmo es tan respetable y natural como el hecho de que el sol alumbre por las mañanas.

Porque no solo afrontamos que ese animal o persona se haya ido de esta vida, sino todo lo que significa.

Que no lo veremos más.

Que los recuerdos es lo único que nos queda.

Y que esa rutina de darle los buenos días o buenas noches desaparece.

El Memento Mori nos lo recuerda constantemente. Por si no sabes qué es este concepto, pincha aquí y lo leerás.

Ahora…

Como consideraban los estoicos, debemos recordar dos premisas en este proceso.

DOS.

2.

Primero.

«Que corra las lágrimas pero tenga fin la corriente»

Esta frase la leí en su momento de uno de los primeros libros que leí sobre estoicismo de Ryan Holiday.

Y tiene razón.

Es humano pasar un proceso de duelo, pero debemos resguardarnos de no sumergirnos por el resto de nuestra vida en ello, aunque nos resulte amargo.

Porque entonces dejaremos de vivir por estar atados al sufrimiento.

Podemos suspirar profundamente siempre que nos detengamos, es algo que nos acompañará toda la vida.

Pero debemos cesar la corriente o llegará un momento en que, como bien nos dijo el emperador Marco Aurelio «las consecuencias de la pena son más dañinas que lo que la provocó».

Y segundo.

Cuídate de la pena de otra persona.

Nosotros simpatizamos por Juan, lo conocemos de toda la vida.

Hemos escuchado a su pájaro cantar durante años.

Y hasta alguna lágrima soltamos por ello.

Aun así no debemos hacer nuestro el dolor de otro.

Empatizar nos permite engrandecer el alma hacia nuestros semejantes, pero hay que aprender a separar lo que es de nosotros y lo que no.

Si no lo practicas, te verás arrastrado por un sufrimiento ajeno.

En cambio, podemos ofrecer nuestro apoyo.

Podemos llorar juntos.

Ofrecer una bebida caliente para reconfortar la pena.

Dar un abrazo o tener un gesto amable.

Ojo.

No deseo, querido lector, que veas estas acciones como algo simple.

Estoy segura que tanto tú como yo hemos vivido la muerte de alguien o el dolor de un ser querido que lo vive.

Ambos sabemos que estar dentro de la tormenta dificulta pensar en el brillo de la luz.

Tan solo expongo lo que no debemos olvidar, porque tarde o temprano lo necesitaremos.

Mientras tanto, tan solo me queda decirte que si estás pasando por un proceso así tienes mi abrazo incondicional, aunque sea a través de una pantalla.

Sé que el internet puede ser frío pero de todo corazón espero que te llegue mi mensaje más sincero.

Por último,

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PD: que corra las lágrimas pero tenga fin la corriente.

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